Enfrentar situaciones adversas implica la habilidad para reconocer el peligro, encarar nuestras fortalezas y debilidades ante él, pero sobre todo, la posibilidad de transformar esas carencias en oportunidades de aprendizaje y crecimiento que nos conviertan en personas y sociedades más resilientes.

Esa es la principal aportación de este protocolo, el cual recoge el saber y la experiencia de diversos actores -sociedad civil, academia, sector público y privado y ciudadanía- y los entreteje con el único objetivo allanar el terreno para que desde la transparencia y la rendición de cuentas podamos avanzar hacia
la construcción de una verdadera agenda de apertura en favor de las personas.

Robustecer las buenas prácticas y dotar a las instituciones de cualquier índole de herramientas que les permitan reaccionar desde la apertura ante una situación
de riesgo, pasó de ser una necesidad a convertirse en un compromiso y un llamado a la acción, al que por fortuna respondieron diversos actores, que desde
sus diferentes trincheras señalaron los retos donde la apertura podría constituir el factor de cambio para avanzar hacia la construcción de soluciones.

De esta forma, el presente Protocolo busca guiarnos a través de las diferentes etapas de una situación de riesgo, para que sin importar el tipo de institución en el que nos encontremos, podamos asumirnos como actores de cambio a través de apertura de información y contribuir al combate a la corrupción, la reducción de vulnerabilidades, incluso salvar vidas.

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